No te puedes ni imaginar lo que siento cuando hablas de ella aunque sólo la hayas mencionado dos veces. Una mezcla de odio y envidia frenados por una fuerte y constante censura moral que me devuelven a la vida real, donde tú no sabes lo que te quiero decir o no quieres saberlo y donde yo no sé si me hablas por amabilidad o porque realmente quieres, y donde esta montaña rusa que, al parecer, tengo montada en el estómago no para de dar vueltas. Arriba y abajo, arriba y abajo. Ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no.
Pero estás lejos. Muy lejos.
Y otra vez la montaña.
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